Solo por hoy, soy amable: el acto de reconocer que merezco Amor
Cuando hablamos del principio de Reiki solo por hoy, soy amable, muchas veces lo interpretamos como algo dirigido hacia fuera. Ser amables con los demás, tratar bien, cuidar, acompañar. Y sí, ahí está incluido. Pero si nos quedamos solo en eso, nos estamos perdiendo la base.
Ser amables es, antes que nada, un acto interno. Es reconocer que el amor no es algo que damos únicamente hacia fuera, sino algo que también nos corresponde a nosotras. Ser amables con los demás es reconocer que los demás merecen amor. Ser amables con nosotras mismas es reconocer que nosotras también merecemos amor. Y esto, aunque pueda parecer evidente, no siempre está integrado porque reconocer que merecemos amor implica algo más profundo que una idea. Implica empezar a mirarnos desde otro lugar. Implica empezar a tratarnos de otra manera. Implica empezar a elegirnos.
Y aquí aparece una creencia muy arraigada en nuestra cultura. Durante mucho tiempo, se nos ha enseñado que elegirnos, que amarnos, que priorizarnos, es un acto de egoísmo. Que pensar en nosotras mismas es dejar de pensar en los demás. Pero no. Elegirnos es un acto de amor. Un acto de profundo amor. Porque solo desde ahí vamos a poder entregarnos de verdad.
Si no nos amamos, lo que llamamos amor hacia fuera, hacia los demás, muchas veces nace desde el miedo, desde la necesidad de agradar, desde el intento de ser aceptadas, desde el deseo de recibir algo a cambio, desde la expectativa...
Desde el “doy para que me quieran”. Y eso no es amor. Eso es miedo. Cuando nos entregamos desde ahí, dejamos de ser libres. Nos adaptamos, nos moldeamos, nos alejamos de lo que somos para sostener un vínculo, una imagen o una aprobación.
Sin embargo, cuando empezamos a amarnos de verdad, algo cambia. Dejamos de mendigar amor fuera, porque empezamos a reconocernos como fuente de ese amor. Nos sentimos sostenidas por nosotras mismas. Nos sentimos, poco a poco, en un lugar más lleno. Y desde ahí, la forma en la que nos relacionamos se transforma.
Ya no necesitamos agradar.
Ya no necesitamos encajar.
Ya no necesitamos recibir para poder dar.
Entonces sí. Entonces podemos entregarnos hacia fuera con libertad. Con un amor que no exige, que no espera, que no se sacrifica. Un amor que se ofrece porque existe, no porque necesita algo a cambio.
Cultivar este amor hacia nosotras no siempre es fácil. No es solo decirnos palabras bonitas o cuidarnos en lo superficial. A veces implica hacer cambios. A veces implica soltar dinámicas, relaciones, hábitos o formas de estar que ya no son coherentes con lo que somos. Implica tomar decisiones. Y muchas de esas decisiones no son cómodas. No son fáciles. No son rápidas. Cuando empezamos a movernos desde el amor hacia nosotras mismas, aparecen resistencias. Internas y externas.
Internamente, porque estamos dejando atrás una identidad conocida. Una forma de ser que, aunque no fuera del todo coherente, nos resultaba familiar y segura. Externamente, porque nuestro entorno también estaba acostumbrado a esa versión de nosotras.
Y en ese proceso, puede aparecer el caos, confusión, miedo, incertidumbre.
No porque estemos haciendo algo mal, sino porque estamos atravesando un cambio real. Estamos dejando de sostener lo que ya no somos para empezar a construir algo más auténtico. Y ese espacio intermedio no siempre es claro. Ahí es donde este principio vuelve a tomar fuerza. Ser amables con nosotras mismas en medio del proceso.
Sostenernos cuando dudamos.
No castigarnos cuando sentimos miedo.
No exigirnos tenerlo todo claro.
Y, al mismo tiempo, empezar a soltar el control. Porque amar también implica confiar en nosotras, en lo que sentimos, en el proceso que estamos atravesando. Poco a poco, cuando ese amor hacia nosotras empieza a asentarse, algo cambia. Dejamos de relacionarnos desde la carencia, desde la necesidad o desde el miedo a perder. Y empezamos a relacionarnos desde un lugar más lleno, más honesto.
Entonces sí podemos ser amables con los demás sin olvidarnos de nosotras. Poner límites deja de ser un conflicto y pasa a ser una forma de cuidado. Entregarnos deja de ser sacrificio y pasa a ser una expresión natural de lo que somos. Porque cuando nos reconocemos como dignas de amor, dejamos de pedirlo desde fuera… y empezamos a compartirlo desde dentro.
Y ahí, la amabilidad deja de ser un esfuerzo.
Se convierte en una forma de estar.