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Yule

El solsticio de invierno marca un punto de inflexión potente en el año. Comienza el invierno, en plena mitad oscura. Aunque sea el momento de mayor oscuridad del año, a partir de este momento habrá más horas de luz, el sol cada día irá subiendo más por el cielo y el día irá ganando terreno a la noche. Por eso esta fecha fue celebrada por muchas culturas como el día de un nuevo nacimiento, pues el sol renace con la esperanza de ir poco a poco alejando las tinieblas cada día un poco más y traer de nuevo la luz y la vida.

Si miramos las antiguas tradiciones, las familias y los amigos se reunían ante el fuego para celebrar que estaban vivos y para recordar a los que se habían quedado por el camino. Los frutos de la cosecha anterior ya han sido recogidos. Antiguamente, para sobrevivir, los miembros del clan guardaban los granos de los alimentos que cosecharon para alimentarse con ellos en invierno, cuando escaseaban los vegetales para comer. También protegían a sus animales para tener alimento disponible, especialmente leche. De acuerdo a la dedicación y esfuerzo, es seguro que algunas familias lograban mejores cosechas que otras. Pero si quienes tenían para comer en el invierno se lo guardaban y no compartían con quienes no tenían lo suficiente, el resultado sería la muerte de algunos miembros de la tribu. Y esto, lógicamente, perjudicaba a la totalidad, pues debilitaba a la tribu.

De modo que, por razones de supervivencia, toda la tribu compartía lo que tenía para pasar la época más difícil del año. Hoy en día, tendemos a dar por hecha la fácil disponibilidad de alimentos y lujos como la calefacción y la electricidad. Es fácil olvidar que, para nuestros antepasados, el invierno traía la auténtica amenaza de la hambruna y la muerte. Y es esto precisamente lo que da sentido a que ésta sea una noche en la que todo el clan se reúne en torno a una fogata y comparten lo que tienen. Es noche de solidaridad, de amor y de esperanza.

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Una de las tradiciones que encontramos en varias culturas a lo largo de toda Europa es el llamado Tronco de Yule, que hoy ha derivado dando lugar al dulce de chocolate en forma de tronco que encontramos en nuestras cenas de navidad.

Si investigamos un poco es una tradición que se va repitiendo con pequeñas variantes a lo largo de muchas culturas europeas. Incluso lo podemos encontrar en nuestro territorio con los nombres de Gabon-mukur, Olentzero-enbor, subilaroegur, suklaroegur… Se trata de un tronco que es colocado en noche buena dentro del hogar y se le prende fuego. En algunos lugares se cocina la cena de esta noche sobre él. En otras simplemente se deja que arda durante toda la noche vigilando que no se apague.

A este tronco se le atribuyen distintas propiedades especiales que atraen suerte, prosperidad y protección al hogar y a los animales de la familia protegiéndolos de enfermedades y malos espíritus.

¿Pero qué energía es la que se está moviendo durante el solsticio? Si nos paramos a sentir la tierra descubriremos que, tras la muerte de la tierra y su entrada en letargo, en la oscuridad de sus entrañas ha comenzado un nuevo proceso. Todo lo que ha muerto se convierte en fertilizante de la tierra. Gracias a todo eso que se descompone, la tierra se nutre y se regenera de nuevo preparándose así para volver a engendrar la vida. Será de ésta tierra nutrida de nuevo, de la que se alimentarán las semillas y resurgirá de nuevo con fuerza la vida. Es la paradoja de la descomposición de la muerte que genera la esperanza de un nuevo comienzo. Así la muerte y la vida se unen en una misma cosa, dos caras de una misma unidad que no pueden existir la una sin la otra. Y es en este momento de mayor oscuridad en el que celebramos una fiesta dedicada al nuevo comienzo y a la esperanza. El invierno no es sólo tristeza o muerte, es también la antesala de un nuevo florecer de la Tierra y sus habitantes.

Este es el momento en el que se nos invita a ir hacia dentro.

A lo largo del otoño nos hemos desprendido de todo lo que ya no nos nutre y dejándolo morir es momento de descansar y reflexionar para nutrir nuestra energía. Al igual que sucede con la tierra es en la oscuridad de nuestro interior donde la energía se regenera, se fertiliza de nuevo para alimentar la semilla de lo que vamos a cultivar en este nuevo ciclo. Es hora de mimarnos, mirarnos, reordenarnos y poner el foco en ese punto de partida. Es momento de sembrar aquello que deseas ver crecer en ti.

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